Centrocampismo cierra temporalmente

25 09 2009

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“DE LA FELICIDAD Y LA VIRTUD”

7 05 2009
Por: Mario Cuenca Sandoval
Según Kant la razón humana exige por su propia naturaleza que exista una conexión necesaria entre la virtud y la felicidad. Sin embargo, en este mundo nuestro, virtud y felicidad, acción justa y recompensa, no siempre corren de la mano. O casi nunca corren de la mano. Tiene el hombre que postular la existencia de un Dios omnisciente, todopoderoso y santo que quiera premiar la virtud con la felicidad eterna. Tiene el hombre que suponer que una existencia virtuosa encontrará su justo reconocimiento al menos en la otra vida. Y Max Horkheimer trasladaba este razonamiento al problema del sentido de la historia humana, el postulado del progreso: tiene que existir un Dios que impida “que la injusticia sea la última palabra de la historia”.

El Barça no es justo vencedor (¿empatador?) del partido de anoche. Tal vez Iniesta lo sea, pero el Barça no. Sin embargo es el justo finalista de la Champions y debe ser un justo campeón. La virtud desplegada en la tierra tiene que asegurarle un sitio en el Olimpo del fútbol, donde la iridiscencia del metal de cierta copa de grandes orejas deslumbra los ojos de los bienaventurados. Es necesario. Siempre que el Dios del fútbol (Dios es redondo, decían los neoplatónicos y suscribía Juan Villoro) quiera recompensar la virtud con la felicidad. Anoche Él estaba de su parte. Y el árbitro, que debe ser un acérrimo kantiano, también”.

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HISTORIAS FAMILIARES

21 04 2009

Por Ricardo García Carrión:

Ni Real ni Barça. Ni ManUtd ni Liverpool. La élite del fútbol mueve masas y pasiones, nadie lo duda, pero lo que de verdad convierte al fútbol en lo que es se encuentra más a menudo en los miles de partidos de aficionados que se juegan cada fin de semana en cualquier lugar: desde el barrio más populoso de la gran ciudad hasta la aldea más recóndita y perdida en el mapa, en todas partes se juega al fútbol, algo que no se da con ningún otro deporte. La logística que se mueve los sábados y domingos en esos campos resulta difícil de creer para alguien ajeno a este mundillo, y aunque las páginas de la prensa deportiva no suelen ocuparse demasiado de él, la verdad es que muy a menudo se pueden encontrar historias bastante más interesantes que las declaraciones de la penúltima estrellita del firmamento mediático.

Vivo en una especie de pueblo-dormitorio (no llega a ciudad) de los alrededores de Santiago de Compostela, llamado Cacheiras. Hace cincuenta años esto no eran más que cuatro casas al borde de la carretera y unas pocas más diseminadas entre prados y campos de cultivo. Por entonces los partidos de fútbol eran, después de las fiestas patronales, los festejos más sonados del año, con enfrentamientos entre los equipos de las aldeas cercanas llenos de rivalidad. No había equipos federados, ni falta que hacía. El equipo local ponía el balón (en singular), el campo (las porterías sin red) y el árbitro. El campo de nuestro equipo fue “construido” en unos terrenos cedidos por varios vecinos, entre ellos mi abuelo, que hoy en día valdrían un buen dineral, con unos rudimentarios vestuarios, un par de porterías y una cantina donde los parroquianos pudieran tomar un café de puchero con gotas o un aguardiente de la tierra. Cuando el partido terminaba los jugadores se iban a sus casas a lavarse, normalmente a base de barreños de agua sacada del pozo (el agua corriente no llegaba aún a la zona). El balón, de aquellos con correa que todos hemos visto en fotos antiguas, era un bien preciado: los mejores equipos tenían dos o tres balones, pero muchas veces solo había uno, con lo cual cada vez que se perdía por los campos adyacentes (porque tampoco había vallas cerrando el campo) había que parar el partido hasta que se podía recuperar. Lo peor era cuando llovía y el terreno se embarraba, ya que aquellos balones no eran impermeables y empezaban a acumular agua y barro, con lo que llegaban a pesar más de dos kilos. Los jugadores calzaban unas botas rígidas con una pieza metálica en la puntera para golpear el balón con más fuerza (pocos eran los que tocaban el balón con el interior del pie). El público celebraba con grandes aplausos el que un jugador le atizara un buen punterazo al sufrido balón, y uno se puede imaginar la épica de aquellas tardes invernales con dos equipos luchando sobre el barro por el honor de su aldea.

Mi padre, que jugaba en aquel equipo de los años cincuenta, era un poco adelantado con respecto a los demás, ya que se había comprado unas botas flexibles, “como las de Kubala”, además de que su 1,75 de altura le hacía destacar una cabeza por encima de la mayoría de los jugadores. Su ídolo futbolístico de la infancia había sido Herrerita, delantero del Oviedo, al que nunca había visto jugar en su vida (ni siquiera en el NODO), pero al que, leyendo la Hoja del Lunes con sus resúmenes de los partidos, podía imaginarse haciendo mil jugadas, aunque únicamente poseía un cromo por toda referencia del jugador ovetense. Mi padre marcó una vez un gol de chilena y el árbitro se lo anuló porque nunca había visto una jugada así, y de tan extraña que era tenía que ser ilegal por fuerza. Llegó a jugar en varios equipos de la cercana Santiago, aunque por aquel entonces resultaba complicado compaginar el trabajo con el deporte: un camarero como él trabajaba los siete días de la semana, y los días festivos entre doce y catorce horas diarias… como para pedirle permiso al patrón para ir a entrenar o a jugar. En las ligas de aficionados de la zona coincidió con algunos jugadores que llegaron a la élite, como el zaragocista Pais o el madridista (e internacional) Veloso. Cuando le tocó hacer la “mili” en Coruña se enroló en un equipo de la ciudad, y llegó a enfrentarse a un por entonces juvenil Amancio (sí, el gran Amancio Amaro del Madrid de los sesenta). Según contaba mi padre, “por arriba se las ganaba todas, pero por abajo Amancio era tremendo”. Con los años el trabajo fue ganando a la afición, y la vida llevó a mi padre a emigrar a Inglaterra. Allí tuvo su último momento de gloria balompédica cuando jugó en un partido entre empresas organizado por la cadena de hoteles en que trabajaba. Al parecer, el director de la central se acercó al final del partido y, viendo el juego de aquel español flacucho, le preguntó si había jugado en el Real Madrid. Mi padre sonrío y pensó “si yo jugase en el Real Madrid, dudo mucho que me hubiera venido a Inglaterra a trabajar de camarero”. Es una de esas historias que he escuchado mil veces desde que era niño, igual que aquella otra de cuando el mítico Zaragoza de “los cinco magníficos” paró en el hotel donde trabajaba mi padre de camino a un partido de Copa de Ferias en Leeds, en 1965. Gracias a su amistad con el gallego Pais, mi padre pudo conocer y charlar con el segundo gallego más famoso del momento, el gran Marcelino, el del histórico gol de cabeza al ruso Yashine un año antes. Como la comida no era gran cosa (para los directivos sí, pero no para los jugadores), mi padre siempre cuenta que en los postres se encargó personalmente de que sus paisanos quedaran bien satisfechos, aunque no llegó a irse hasta Leeds con ellos para ver el partido. Como he dicho antes, historias que he escuchado una y otra vez desde pequeño.

Cuando en los años setenta se federó el equipo de la aldea mi padre entró en la directiva. Aún tenemos en el salón de la casa el banderín del club de la época, encima de la chimenea. Mi padre no pudo tener el carnet de socio número 1, ya que otro parroquiano se empeñó en que si no se lo daban a él no se hacía socio del club. A mis siete añitos de edad, las excursiones de cada tarde de domingo por los campos de la categoría eran el mejor momento de la semana, y aún ahora recuerdo con exactitud todos los resultados del equipo en aquella temporada 77/78. El club fletaba autobuses que se quedaban pequeños (no había muchos coches particulares en aquellos tiempos), y cada partido era una fiesta. Los partidos de rivalidad con el siempre odiado S.R.Calo dejaban taquillas de más de 100.000 pesetas de la época, y allá donde jugaba el Cacheiras siempre se ponía “día del club”, de tanta gente que acompañaba al equipo. Tiempos históricos, sin duda.

El año pasado nuestro club celebró sus primeros treinta años de vida con una exposición de fotografías de la época. Ha habido altos (dos temporadas en Regional Preferente) y bajos (una temporada que desapareció el club, a mediados de los 90). Los tiempos han cambiado bastante: ya no hay aquella ilusión de los tiempos pasados, demasiado fútbol en televisión, aunque hay ocasiones en que los partidos de los juveniles o los infantiles sí que recuerdan parte de aquella pasión de antaño. Ahora vivimos a escasos cien metros del campo, y los fines de semana mi padre se pasa a ver todos los partidos de los críos desde el sábado por la mañana. Yo le acompaño el domingo por la tarde a ver al equipo grande, que es uno de los clásicos de la Segunda Regional santiaguesa (este año quedaremos terceros o cuartos de nuestro grupo). Mi padre sigue en la directiva, y se encarga sobre todo de hacer de portero en los partidos de casa (a cuatro euros la entrada), de recibir a los directivos visitantes y de recoger algún balón que se pierde en las fincas de los alrededores después de cada fin de semana (siempre lamentándose del poco aprecio que hoy en día se le da a los balones). En su caso la afición por el fútbol se mantiene intacta, no hay más que verle dando consejos a los chavalillos del equipo juvenil (su predilección de los últimos años); y aún de vez en cuando, cuando se acerca algún veterano de los tiempos históricos del club, me sonríe y me dice “tu padre, él sí que jugaba bien, y no estos de ahora”…

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POESÍA A PATADAS

25 03 2009

Durante esta semana, y dentro del encuentro de poesía internacional Cosmopoética, se está celebrando en Córdoba el ciclo POESÍA A PATADAS, una actividad que pretende unir la creación literaria con el mundo del fútbol. Además de las conferencias y lecturas poéticas se ha editado una antología de poemas futboleros de lo más recomendable:

Más información en:

http://www.cosmopoetica.es/images/stories/descargas09/FUTBOLYPOESIA.pdf

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ONCE A CERO

11 03 2009

Por A. Agredano:

Los fines de semana anfetamínicos del Madrid en la Liga habían hecho olvidarme un poco de la endeblez de mi equipo en los días laborables. Con un fútbol aseado y trotón habíamos logrado morder un poco a un imparable Barça y el equipo parecía rozar, con un poquito más de suerte y en la recta final de la temporada, la Liga y la Champions.

El partido de ida fue una derrota. Pero la lectura fue de tensión, igualdad, desbarre táctico y marcador corto. En la vuelta estaba el ajo. Imágenes de Redondo y el regate al Manchester, mazazos al Liverpool por conservón y cierto aire de superioridad basado en no sé yo qué. Todo apuntaba a noche de las grandes, y lo fue para ellos.

Como dice la canción, el cuerpo pide marcha. Quiero decir: rajar. Poner en el paredón de la crítica a los que salieron de titulares, a los que entraron, al entrenador, al pobre Chendo, a Boluda, a Pedja… y así hasta el taquillero del Bernabeu. Pero hoy, lo hablaba con un amigo en similares términos, no estoy ni irritado. Sólo profundamente triste. Son cinco años mimetizando a Sporting de Lisboa, Olympiakos, Lille, Werder Bremen, PSV… equipos que no pueden aspirar a ganar la Champions hoy en día pero que celebran y disfrutan de los octavos como si fueran pequeñas finales de consolación para equipos discretos o venidos a menos. Por unas cosas u otras, siempre a casa. Y ahora que empieza lo bonito. Ya no tengo edad para ir con el Villarreal por modesto, ni con el Atlético por pupas, o por el Barça en plan despecho. Yo quería ir con el Madrid hasta la final. Y no va a poder ser.

El Liverpool jugó ayer mejor que el Madrid. Pero eso también lo hizo el Irún hace no demasiado, así que no voy a dorar mucho la píldora a un equipo ordenado, sin estridencias, y con el mismo corazón que mi Ford Escort. Ni Torres es Van Basten ni Gerrard es Maradona. La diferencia no está en los jugadores sino en el sistema. Dominar el campo, posicionarse con criterio, y jugar con entrega. El resultado de ayer fue de 11-0. Un equipo pasó por encima de jugadores dispersos. Ahora nos queda la consolación de los mediocres: a) que el Lyon se cepille al Barça b) que el Liverpool gane la Champions, para decir eso de que “nos eliminó el campeón” c) llamar a Moggi y ver cómo podemos llevarnos la Liga…

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CRISIS F.C.

25 02 2009

Por M.S. Bellerín:


La situación actual de la economía mundial es la prueba más palpable del mundo globalizado en el que vivimos. Todo esta interconectado; hoy más que nunca, si una mariposa bate las alas en Hong Kong, puede provocar una tempestad en Nueva York, o lo que es lo mismo, si alguien cuyo nombre no te suena de nada, ocupa las portadas de los periódicos por haber estafado cantidades ingentes de dinero, que tiemble tu equipo de fútbol, aunque sea de tercera división.

En Bélgica, por ejemplo, dos de los grandes bancos del país, Dexia y Fortis, patrocinadores del FC Brugge y Anderlecht, respectivamente, fueron de los primeros en caer. La culpa la tuvo un tal Lehman Brothers que se fue a pique por el tema de las hipotecas basura y las turbulencias financieras que los han puesto en el ojo del huracán. El club Anderlecht que cuenta con el mayor presupuesto de la liga belga obtiene cada año el 20% de sus ingresos de Fortis, al igual que el Brugge, con un 10%, de Dexia. La situación es complicada aunque los principales representantes de ambos equipos se niegan a reconocer que la crisis pueda afectarles.

La liga inglesa, por su parte, está endeudada hasta los tuétanos. Se barajan cifras de unos 4.000 millones de euros, contabilizando la de todos los equipos en competición. Ninguna novedad, desde luego. Lo verdaderamente nuevo es la desconfianza de los bancos a la hora de prestar ahora MAS dinero, las crisis crediticia que podría ocasionar tarde o temprano un colapso ante la falta de fondos. Inglaterra, claro ejemplo de cómo multimillonarios han unido los destinos de sus fortunas personales a la de los equipos que poseen, ve como el todopoderoso Abramovich está pensándose vender el Chelsea o el dueño del West Ham, Bjorgofur Gudmunsson, está aún tambaleándose tras la escabechina que los bancos islandeses han producido en sus finanzas.

En España, las cosas no tienen mejor pinta. La deuda de todos los equipos de Primera y Segunda División con Hacienda asciende a 627 millones de euros, según datos de principios de este mes. Casos de impagos son comunes en equipos modestos de Tercera o Primera Regional originando escenas curiosas como aquellas camisetas de “Nos han dejado con el culo al aire” del Galáctico Pegaso (Madrid, Tercera División) hace unos meses acompañadas de unos calzoncillos como único atuendo en el campo de juego.

Sin embargo, es en Primera División donde las alarmas han saltado con más fuerza. El Athletic de Bilbao ha decidido incluir, por primera vez en sus 110 años de historia, publicidad en su camiseta. El Depor de La Coruña no renovó el contrato de patrocinio que tenía con la inmobiliaria Martinsa-Fadesa cuando ésta se declaró en suspensión de pagos (incluso llegó a tapar con una pegatina el logo de la camiseta en los primeros partidos tras romper las negociaciones). La peor parte, por ahora, se la está llevando el Valencia, que adeuda 17 millones de euros a los jugadores y 15 millones a los constructores del nuevo estadio. Y esto se teme que sea solo la punta del iceberg.

En definitiva, si para ti comprar el periódico todas las mañanas, significa leer el Marca mientras desayunas o si eres de los que piensas que la palabra crisis en el fútbol siempre se soluciona cortando alguna cabeza, normalmente la del entrenador,  ten en cuenta que ahora, según parece, también es necesario leer las páginas de economía para estar al día de todo lo que ocurre en el mundo del futbol.

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EL SEXTO SENTIDO

30 01 2009

Por A. Agredano:

Hoy quiero escribir sobre el Barcelona. Después de esta pausa de casi un mes, al estilo Bundesliga, no me veo con ganas de resumir lo pasado por el Real Madrid en estos treinta y pico días. Los métodos verbeneros de Calderón en la Asamblea, los seis meses que nos esperan con el hierático Boluda, la vuelta de Florentino –como la basura que las olas arrastran hasta la costa cuando el mar está inquieto- o el juego ramplón de un ATS llamado Juande son temas que me dan pereza, y hasta un poco de asco.

El Barcelona de Guardiola es el mejor equipo que he visto en mi vida. Y no sabéis como de doloroso es decir eso. Los contrincantes parecen cadetes cuando el equipo mueve la pelota, rápido, vertical, goleador, inaccesible. Once jugadores que se ofrecen, que atacan y defienden, y que jamás dan la sensación de estar cansados o superados por el rival. El Barcelona actual no es un equipo, es un estado de ánimo, un orden de cosas, un canon deportivo. Va más allá de lo previsto, no es que supere las expectativas, es que va más allá de lo que podríamos imaginar a principio de temporada. Es una máquina de liarla. Sin más. La perfección sobre el rectángulo de hierba.

Y dicho esto, el consuelo. Es imposible que este Barcelona dure dos años. Me desdigo, no es imposible, sería irresponsable que un equipo de fútbol pasara por el mundo con esa solvencia. Sería una desmotivación, y un aburrimiento. Este Barça ganará la Liga y posiblemente la Copa del Rey, tiene serias posibilidades de levantar su tercera Copa de Europa, mantendrá el bloque para la siguiente temporada; podrá ganar cosas el año que viene, pero nunca con esta superioridad tan indecorosa. Guardiola es un hombre con suerte, será recordado como Cruyff o Sacchi, pero este equipo tiene una explicación: Messi, Xavi, Alves, Puyol, Iniesta, Eto´o –por orden de importancia-. Seis jugadores capaces de hacer andar a un muerto.

La emoción, que es el garbanzo en este cocido llamado fútbol, no está en si te caen tres o te caen seis. La emoción es la alternativa al poder, las victorias de los pequeños, los empates insuficientes. El fútbol es ver un partido de fútbol y tener la firme convicción de que las previsiones y la estadística no sirven para nada. Esta liga está siendo insolidaria con los aficionados. Y no hablo como madridista, me apuesto algo a que el aficionado culé está harto de tanta belleza -como muestra la baja asistencia de aficionados al Camp Nou durante esta temporada-. Ver ganar no emociona. Pablo G. C. decía que él era más del Madrid cuando eliminaban al equipo en Champions. Nadie era de Armstrong, ni es de Federer, ni de Michael Jordan, ni nos cae bien Usain Bolt… nadie está con el que gana siempre. Siempre, masoquistas, somos del que no puede, no sabe o no quiere.

Por eso reivindico el derecho a ser de un equipo trotón. No quiero ser ventajista, ni quiero embellecer el mal momento de mi equipo. No es un pataleo, es que estamos en Enero, queda mucha liga, y esto es como ver el Sexto Sentido sabiendo que Bruce Willis está muerto.

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