PARA LLEGAR AQUÍ

17 06 2008

Cuesta imaginarse diez años, puestos en fila, sumados, entremezclados. Pienso: 1998. Y no veo la distancia. Pero miro las fotografías y siento, de repente, miedo.

Por eso me extraño: tras un camino tan largo, la llegada no es una ruptura, un estallido. El árbitro pita y la alegría dice: ¿y ahora qué? Miro a la gente del bar, la gente que atora la calle, la gente que sale corriendo hacia la fuente de Pelayo: ya no encuentro lo que teníamos en común, lo que nos mantenía tensos como una red. Los miro, ahora, desde fuera: gritan sin cesar el último lema: sacan la bandera que compraron: echan sidra: cantan la canción que han inventado. Tienen el sudor de quien se arrima al que gana. Los miro y quiero preguntarles: ¿Dónde estuvisteis esos diez años, con el Molinón vacío? ¿También tuvisteis que iros de Asturias? ¿Habéis tenido que apretar la radio, cada semana, queriendo estar aquí? ¿O es que preferíais aullar con el imbécil de Fernando Alonso?

Camino de casa, en dirección contraria, mientras las camisetas van fluyendo hacia el puerto, los años se rompen, por fin, en imágenes: la Plaza Mayor de Salamanca llena de banderas rojiblancas y de banderas azules, oliendo a sidra, año tras año: el 2004 en Berlín, mirando cada lunes la página de Marca, buscando un billete de avión que no necesité (y Mikel me enviaba mensajes bromistas, porque él había metido el gol del ascenso para el Numancia): el partido contra el Granada 74, remontado con diez en el minuto 94 (dando palmas en el cíber, como un loco): el empate contra el Alavés, terrorífico, increíble (y la emisión interrumpida, y correr en el minuto 80 hasta la casa de Giulia para poder escucharlo entero): el partido ante el Córdoba, ganado al final, como una tromba (escuchando la radio en casa, saltando, dando patadas a los muebles): los veinte minutos fuera del ascenso, en Castellón, hasta que el Alavés empató, ganó sin tiempo a la Real Sociedad (y salir corriendo a la calle, sin creerlo aún, sin nadie a quien decirle: por fin).

Y ahora, camino de casa, la llamada de mi abuelo, como siempre, temblando, diciendo: esti añu sí, fíu, esti añu sí. Y el hechizo de nuevo, y la emoción, y la alegría, y el Sporting.

FRUELA FERNÁNDEZ

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