EL MISTERIO DEL GORRINO

25 06 2008

Ustedes también lo han oído: en las retransmisiones de Cuatro, cada vez que la selección española marca un gol, se escucha de inmediato el inconfundible gruñido de un puerco. El misterio ha crecido desde el hat-trick de Villa y ha llegado a términos alarmantes con el penalti marcado por Cesc. A cada gol le sigue un espeluznante grito de gorrino, o tal vez de su forma silvestre: el cochino jabalí. La voz del gorrino ha llegado hasta los oídos de todos los aficionados españoles que, preocupados por la extraña conexión, no dejan de preguntarse el origen de tan molesto fenómeno. ¿Será una bizarra costumbre centroeuropea? ¿Un talismán de esa cadena que ya ha elevado otro berreo primitivo (¡Po-de-mos!) al olimpo de los tarugos? Pues no, nada de eso: las última investigaciones, armadas con la tecnología más vanguardista, han identificado al responsable del estremecedor grito: el macho Camacho. Cuando su bestial emoción por las hazañas patrias llega hasta el paroxismo, al murciano se le congestionan las cuerdas vocales y, mientras suelta chorros de sudor por la nariz y las orejas, arroja al mundo ese infrahumano berrido:

¡¡¡GOOOOOOIIIILNK!!! ¡¡¡GOOOOOOIIIILNK!!

Mientras tanto, entre gol y gol, desde el corral de Cuatro, Camacho se dedica con gusto a darle patadas al lenguaje y a ponerle zancadillas a las buenas maneras. En su labor está alentado por el muy bronceado y aspirante a humorista Manu (ese profesional que ya ha demostrado que, no es poca cosa, sabe contar: “van uno para uno”, “van cuatro para arriba”, “defienden con tres…” son sus comentarios más profundos) y también aplaudido por el abuelo Relaño (quien, a tenor del calibre de sus aportaciones, debe ocuparse durante los partidos de buscar a futuras chicas del As, más que de mirar las jugadas).

En fin, ya sabemos que no todos pueden tener la elegancia de Carlos Martínez o la educación de Quique Sánchez Flores, pero al menos en las cabinas de los comentaristas deportivos deberían poner un cartel que prohibiese la entrada a los animales. Los periodistas que se salvasen de la quema estarían muchos más cómodos. Los telespectadores, también.

GABRIEL NÚÑEZ HERVÁS

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