LA BELLEZA

3 07 2008

No: mi grado de euforia no llega al punto de dedicar un título como éste a Luis Aragonés. Sin embargo, el de Hortaleza sí es el motor de este escrito. Más de media docena de amigos y conocidos me han exigido algún tipo de rectificación por las palabras que, durante los últimos meses, he arrojado contra el ya saliente seleccionador nacional. Al principio me resistí, aunque frente a la pantalla, rodeado de amor y familia, reconocía que algún mérito debía anotarse en el haber del gruñón, y hasta confesé cierta emoción cuando advertí la suya en el campo, el avión o la plaza. Dicho esto, vuelvo sobre mis frases escritas, y encuentro unas de cal y otras de arena, y creo que es de ley pronunciar las convicciones que ahora reúno entre el análisis y la pasión.

1.- Cierto es que Aragonés tuvo clara la importancia de convertir la selección en un equipo, asunto que se ha revelado fundamental en tan exitosa aventura.

2.- Innegable es que, cazas de brujos al margen, el lanzafaltas tuvo un carácter que se deslizó de la cabezonería a la coherencia según la firmeza de sus decisiones se fueron haciendo más impopulares.

3.- Más que plausible parece su administración de los recursos, y más que asombrosas resultan algunas estrategias ergonómicas (y hasta económicas, si bien se entiende la palabra) de las que, como experimentado tahúr, ha hecho uso el viejo.

4.- Ajeno a este reconocimiento, su tránsito elefantiasico-cacharrero y a menudo desnortado no ha ayudado (ni siquiera durante el campeonato) al mejor entendimiento de su causa ni a la paciencia para con sus métodos.

Y 5.- Nobleza o bajeza obligan al que escribe a celebrar su suerte y su estrella, a brindar por su punto y final y a esperar que los próximos acontecimientos mantengan el tipo y mejoren el estilo.

Dicho esto, recuerdo que el título de este texto empalagoso es “La belleza”. Y caigo en que el motor no es Luis, sino el gesto de satisfacción plena (y, a la vez, vacía de rabia y rencor) que el inmejorable Iker Casillas nos regaló mientras alzaba el trofeo. Limpio del veneno común del deporte y de la vida, el capitán nos ofreció la mejor cara del fútbol y de los hombres: la satisfacción sin dolor, la alegría sin heridas, la plenitud, la verdadera belleza.

GABRIEL NÚÑEZ HERVÁS

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