HISTORIAS FAMILIARES

21 04 2009

Por Ricardo García Carrión:

Ni Real ni Barça. Ni ManUtd ni Liverpool. La élite del fútbol mueve masas y pasiones, nadie lo duda, pero lo que de verdad convierte al fútbol en lo que es se encuentra más a menudo en los miles de partidos de aficionados que se juegan cada fin de semana en cualquier lugar: desde el barrio más populoso de la gran ciudad hasta la aldea más recóndita y perdida en el mapa, en todas partes se juega al fútbol, algo que no se da con ningún otro deporte. La logística que se mueve los sábados y domingos en esos campos resulta difícil de creer para alguien ajeno a este mundillo, y aunque las páginas de la prensa deportiva no suelen ocuparse demasiado de él, la verdad es que muy a menudo se pueden encontrar historias bastante más interesantes que las declaraciones de la penúltima estrellita del firmamento mediático.

Vivo en una especie de pueblo-dormitorio (no llega a ciudad) de los alrededores de Santiago de Compostela, llamado Cacheiras. Hace cincuenta años esto no eran más que cuatro casas al borde de la carretera y unas pocas más diseminadas entre prados y campos de cultivo. Por entonces los partidos de fútbol eran, después de las fiestas patronales, los festejos más sonados del año, con enfrentamientos entre los equipos de las aldeas cercanas llenos de rivalidad. No había equipos federados, ni falta que hacía. El equipo local ponía el balón (en singular), el campo (las porterías sin red) y el árbitro. El campo de nuestro equipo fue “construido” en unos terrenos cedidos por varios vecinos, entre ellos mi abuelo, que hoy en día valdrían un buen dineral, con unos rudimentarios vestuarios, un par de porterías y una cantina donde los parroquianos pudieran tomar un café de puchero con gotas o un aguardiente de la tierra. Cuando el partido terminaba los jugadores se iban a sus casas a lavarse, normalmente a base de barreños de agua sacada del pozo (el agua corriente no llegaba aún a la zona). El balón, de aquellos con correa que todos hemos visto en fotos antiguas, era un bien preciado: los mejores equipos tenían dos o tres balones, pero muchas veces solo había uno, con lo cual cada vez que se perdía por los campos adyacentes (porque tampoco había vallas cerrando el campo) había que parar el partido hasta que se podía recuperar. Lo peor era cuando llovía y el terreno se embarraba, ya que aquellos balones no eran impermeables y empezaban a acumular agua y barro, con lo que llegaban a pesar más de dos kilos. Los jugadores calzaban unas botas rígidas con una pieza metálica en la puntera para golpear el balón con más fuerza (pocos eran los que tocaban el balón con el interior del pie). El público celebraba con grandes aplausos el que un jugador le atizara un buen punterazo al sufrido balón, y uno se puede imaginar la épica de aquellas tardes invernales con dos equipos luchando sobre el barro por el honor de su aldea.

Mi padre, que jugaba en aquel equipo de los años cincuenta, era un poco adelantado con respecto a los demás, ya que se había comprado unas botas flexibles, “como las de Kubala”, además de que su 1,75 de altura le hacía destacar una cabeza por encima de la mayoría de los jugadores. Su ídolo futbolístico de la infancia había sido Herrerita, delantero del Oviedo, al que nunca había visto jugar en su vida (ni siquiera en el NODO), pero al que, leyendo la Hoja del Lunes con sus resúmenes de los partidos, podía imaginarse haciendo mil jugadas, aunque únicamente poseía un cromo por toda referencia del jugador ovetense. Mi padre marcó una vez un gol de chilena y el árbitro se lo anuló porque nunca había visto una jugada así, y de tan extraña que era tenía que ser ilegal por fuerza. Llegó a jugar en varios equipos de la cercana Santiago, aunque por aquel entonces resultaba complicado compaginar el trabajo con el deporte: un camarero como él trabajaba los siete días de la semana, y los días festivos entre doce y catorce horas diarias… como para pedirle permiso al patrón para ir a entrenar o a jugar. En las ligas de aficionados de la zona coincidió con algunos jugadores que llegaron a la élite, como el zaragocista Pais o el madridista (e internacional) Veloso. Cuando le tocó hacer la “mili” en Coruña se enroló en un equipo de la ciudad, y llegó a enfrentarse a un por entonces juvenil Amancio (sí, el gran Amancio Amaro del Madrid de los sesenta). Según contaba mi padre, “por arriba se las ganaba todas, pero por abajo Amancio era tremendo”. Con los años el trabajo fue ganando a la afición, y la vida llevó a mi padre a emigrar a Inglaterra. Allí tuvo su último momento de gloria balompédica cuando jugó en un partido entre empresas organizado por la cadena de hoteles en que trabajaba. Al parecer, el director de la central se acercó al final del partido y, viendo el juego de aquel español flacucho, le preguntó si había jugado en el Real Madrid. Mi padre sonrío y pensó “si yo jugase en el Real Madrid, dudo mucho que me hubiera venido a Inglaterra a trabajar de camarero”. Es una de esas historias que he escuchado mil veces desde que era niño, igual que aquella otra de cuando el mítico Zaragoza de “los cinco magníficos” paró en el hotel donde trabajaba mi padre de camino a un partido de Copa de Ferias en Leeds, en 1965. Gracias a su amistad con el gallego Pais, mi padre pudo conocer y charlar con el segundo gallego más famoso del momento, el gran Marcelino, el del histórico gol de cabeza al ruso Yashine un año antes. Como la comida no era gran cosa (para los directivos sí, pero no para los jugadores), mi padre siempre cuenta que en los postres se encargó personalmente de que sus paisanos quedaran bien satisfechos, aunque no llegó a irse hasta Leeds con ellos para ver el partido. Como he dicho antes, historias que he escuchado una y otra vez desde pequeño.

Cuando en los años setenta se federó el equipo de la aldea mi padre entró en la directiva. Aún tenemos en el salón de la casa el banderín del club de la época, encima de la chimenea. Mi padre no pudo tener el carnet de socio número 1, ya que otro parroquiano se empeñó en que si no se lo daban a él no se hacía socio del club. A mis siete añitos de edad, las excursiones de cada tarde de domingo por los campos de la categoría eran el mejor momento de la semana, y aún ahora recuerdo con exactitud todos los resultados del equipo en aquella temporada 77/78. El club fletaba autobuses que se quedaban pequeños (no había muchos coches particulares en aquellos tiempos), y cada partido era una fiesta. Los partidos de rivalidad con el siempre odiado S.R.Calo dejaban taquillas de más de 100.000 pesetas de la época, y allá donde jugaba el Cacheiras siempre se ponía “día del club”, de tanta gente que acompañaba al equipo. Tiempos históricos, sin duda.

El año pasado nuestro club celebró sus primeros treinta años de vida con una exposición de fotografías de la época. Ha habido altos (dos temporadas en Regional Preferente) y bajos (una temporada que desapareció el club, a mediados de los 90). Los tiempos han cambiado bastante: ya no hay aquella ilusión de los tiempos pasados, demasiado fútbol en televisión, aunque hay ocasiones en que los partidos de los juveniles o los infantiles sí que recuerdan parte de aquella pasión de antaño. Ahora vivimos a escasos cien metros del campo, y los fines de semana mi padre se pasa a ver todos los partidos de los críos desde el sábado por la mañana. Yo le acompaño el domingo por la tarde a ver al equipo grande, que es uno de los clásicos de la Segunda Regional santiaguesa (este año quedaremos terceros o cuartos de nuestro grupo). Mi padre sigue en la directiva, y se encarga sobre todo de hacer de portero en los partidos de casa (a cuatro euros la entrada), de recibir a los directivos visitantes y de recoger algún balón que se pierde en las fincas de los alrededores después de cada fin de semana (siempre lamentándose del poco aprecio que hoy en día se le da a los balones). En su caso la afición por el fútbol se mantiene intacta, no hay más que verle dando consejos a los chavalillos del equipo juvenil (su predilección de los últimos años); y aún de vez en cuando, cuando se acerca algún veterano de los tiempos históricos del club, me sonríe y me dice “tu padre, él sí que jugaba bien, y no estos de ahora”…

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VICTORIA

1 07 2008

“Diferencia semejante a la que hay entre tragedia y comedia, pues la una quiere mimetizar a los hombres como siendo peores y la otra como mejores de lo que son:”

Aristóteles

En 1981 John Huston tomó como inspiración para su filme deportivo Evasión o victoria un trágico episodio sucedido cuarenta años atrás en la Kiev sometida por el ejército de la Alemania nazi. El heroísmo de la tragedia clásica se define por la necesidad del sacrificio y el héroe trágico por la determinación con la que afronta un destino a medias ofrecido por los dioses, a medias elegido deliberadamente: el precio de la gloria es siempre la muerte. El famoso por infame episodio, vagamente aludido por Huston, supuso la culminación para los jugadores del FC Start de una gesta futbolística que ha acabado por convertirse en una alegoría deportiva de la lucha contra la opresión. El equipo estaba formado por antiguos miembros del Dinamo de Kiev y el Locomotiv, luego soldados contra la invasión nazi y finalmente vencidos abandonados a su suerte. Auspiciado por un apasionado del juego, panadero de profesión y de origen alemán, que acogió y motivo a sus antiguos ídolos, el FC Start pronto logró destacar frente a todos sus rivales ganando con comodidad (a veces vergonzosa) todos y cada uno de los partidos que jugó desde el primero (en junio del 42) al último (en agosto de ese año). El conocido como Partido de la Muerte ha marcado el punto en que estos hombres se convirtieron en héroes trágicos, y los quince minutos del descanso, luego de adelantarse a una selección alemana formada por miembros de la Luftwaffe, luego de ser amenazados de muerte por los nazis para dejarse vencer, y el momento en que a pesar de todo decidieron salir del campo, porque entonces ya sabían que iban a ganar, marcan el punto en que su orgullo, la gloria de una muerte trágica, pudo más que la necesidad de seguir vivos. Existen diferentes versiones del hecho, la más prosaica mantiene que tras el partido el equipo al completo fue conducido a un barranco y fusilado por oficiales alemanes, la más poética nos ha dejado ingenuas pero emotivas imágenes como la del Gigante Trusevich, preso en el campo de Siretz, al que la leyenda ha perpetuado cayendo al verse envuelto en un ataque de la Resistencia vestido de portero y gritando «¡El deporte rojo nunca morirá!». El filme de Huston, a pesar de ser considerado como uno de los peores trabajos de uno de los directores con más talento de su generación, a mi entender no deja de ser una de las comedias más inspiradas de la historia del cine, aunque no lo pretendía. John Colby (interpretado histriónicamente por un fondón Michael Caine), capitán del ejército aliado y antigua estrella de fútbol, organiza partidos entre los oficiales reclusos del campo Gensdorff. El mayor alemán Karl Von Stein (Max Von Sydow) propone a Colby un encuentro entre el equipo nacional alemán y los oficiales apresados por los nazis en un estadio parisino, ocasión que los apresados intentarán aprovechar para huir. Colby animará desde el banquillo en el menos sobrio de los estilos a una formación de élite que tanto en la vida real como en la ficción tampoco estaba dispuesta a perder y entre la que se cuentan grandes futbolistas como Booby Moore, Paul Van Himst, Osvaldo Ardiles o el gran Pelé, encargado además de la coreografía del partido en el estadio. Bajo palos, un hipermusculado y siempre sobreactuado Stallone, que hizo incluir la famosa escena del penalti, no prevista en el guion original, para lucimiento propio (toda su actuación una cima de la comicidad y el absurdo). Todos los elementos propios de la mejor comedia se desarrollan magistralmente: dramatismo, inverosimilitud, incoherencia… Pelé lesionado haciendo rabonas mágicas y una increíble chilena, extras de 1943 vestidos a la moda de principios de los ochenta, la caótica forma de juego (a pesar de la coreografía del dios brasileño). De todos modos, una deliciosa interpretación de las condiciones del juego que, aunque deje muy lejos la historia real sobre la que se inspiró, crea un nuevo simbolismo sobre las mismas imágenes: la voluntad contra la opresión, la decisión ante las dificultades y el triunfo de justicia del talento personal sobre la irracionalidad del determinismo. Sea cual sea la versión sobre la historia del Start, la enseñanza es la misma: se negaron a perder incluso a costa de su propia vida. Pero por una de esas maravillosas transfiguraciones de la vida en arte, John Huston encontró la forma de hacer que tal riesgo mereciese la pena también para los que lo afrontaban y el nuevo simbolismo alcanza una nueva enseñanza a través del simulacro de guerra que supone el fútbol: ¿evasión o victoria? Huston lo tenía claro, consiguieron escapar; el título original, simplemente Victoria.

LUIS GÁMEZ





ANECDOTARIO: HIGIÉNICO Y DISTRAÍDO

5 05 2008

“Foot-ball. El 8 del corriente (marzo de 1890) salieron para Sevilla, en el tren correo, veintidós socios del Club Recreativo de esta ciudad (Huelva) para tomar parte en la partida de foot-ball, la primera de este tipo que se juega en España. El foot-ball es un juego de pelota muy distraído y a la vez muy higiénico, por el mucho ejercicio que requiere. La particularidad de este juego consiste en que en vez de botar el balón con las manos o con la paleta, se bota con los pies y, en casos excepcionales, con los hombros o con la cabeza”. Así describía el diario onubense La Provincia el primer partido de fútbol “oficial” que tuvo lugar en España, que por cierto, terminó con victoria de los sevillanos por 2 – 0.

Pero ¿cómo eran los primeros partidos de fútbol? Según cuentan las crónicas, serían parecidos a los que los Monty Python idearon al enfrentar a las selecciones de filósofos alemanes y griegos ya que, además de que los encuentros podían durar dos horas o incluso más, éstos transcurrían a ráfagas, es decir, que entre jugada y jugada, los equipos se tomaban su tiempo para intercambiar opiniones y sobre todo, para deleitarse con unos buenos cigarros traídos expresamente desde Inglaterra. Suponemos que por esta misma razón, no era necesario alargar los descansos reglamentarios más allá de los 5 minutos.

Por otro lado, cabe señalar que aunque parezca increíble, hubo un tiempo en que en el fútbol no existían ni la picaresca ni los penaltis simulados. Es más, hubo un tiempo en el que ni siquiera existían los árbitros. En 1880, se disputaron en Inglaterra los primeros partidos con “referee” y en España no fue hasta muchos años después cuando se popularizó la frase “y tú ¿de qué equipo eres?” para designar a un árbitro que representara a cada equipo en la contienda. Este era un juez que conocía las reglas del juego (caso no muy habitual en la época) y que no recibía remuneración alguna por su labor. Estos primeros árbitros solían ser elegidos entre los conocidos de los equipos, por lo que su imparcialidad quedaba en entredicho, pero al haber uno por equipo, la situación quedaba, en teoría, igualada.

Las diferencias con el fútbol actual iban más allá, por supuesto, como imaginará el futbolero de pro. Por poner solo dos ejemplos, en lo relativo a la composición de los equipos o a las características del balón, curiosidades ambas a las que dedicaremos nuestro próximo anecdotario.

M. S. BELLERIN